Caminar por Córdoba

Foto portada: Julia Hidalgo, La Semilla, 200x200 cm, óleo sobre tabla. 1992. Medalla de plata en el V Certamen de Pintura Caja Rural de Salamanca.

Nuestro querido Eustaquio y querida Gertrudis llevan varios días en periódicas citas médicas para equilibrar su estado de salud. De momento están saliendo todas las analíticas correctas, pero llevan una vida “monacal” en su casa cordobesa en pleno barrio histórico. El otro día Eustaquio me hizo recordar el suceso ocurrido en la Cruz del Rastro en el siglo XV, motivándome buscar de nuevo el origen ancestral de nuestra familia, con unos apellidos bastantes curiosos Cassas i Murillo. Seguramente en esta semana próxima vuelva a dirigirme al Archivo de la Diócesis de Córdoba y al Archivo Provincial Histórico en la calle Pompeyos, cerca de la Plaza de la llamada “Compañía de Jesús”. Eustaquio lleva media vida buscando datos, pero ahora estoy yo aquí, tengo tiempo a pesar de estar pendiente de las “operaciones humanitarias” del equipo en zona báltica, me voy a entregar en esta investigación y en recorrer los diferentes espacios expositivos artísticos de nuestra capital Córdoba.

Cerca de casa tenemos el C3A, la Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, Museo Municipal de Julio Romero de Torres, el Museo de Bellas Artes a los que normalmente suelo ir por las mañanas a desayunar en el recién reabierto Caballo Rojo, y tomar un vermout en la Plaza de Abades en la Taberna El Barón, muy animada siempre su terraza desde el mediodía hasta altas horas de la noche. Es un lugar peculiar, siempre me tropiezo con amistades de toda la vida. También frecuento mucho el restaurante Amaltea en la Ribera, y me pierdo en la tienda de libro antiguo llamada El Laberinto, me encanta os lo reconozco este templo de la historia en papel y en disco de vinilo, también. Como bien hacía nuestro paisano pintor Julio, leo con pasión la novela titulada “Wallada, la última luna” escrita por nuestra poeta e investigadora de cultura andalusí omeya Matilde Cabello. Es mi libro de lectura en estos días, y espero algún día hablaros de algún pasaje de la trama.

Tras este deambular por mi barrio adoptivo, es de todo sabido nací en la Villa de Madrid, viajé muy jovenzuelo a Estados Unidos, trabajé durante muchos años en diferentes departamentos de la Policía de Chicago y con otra agencia de todos muy conocida en las películas americanas… asesinaron a mis hijas y esposa, provocándome volver a España… dedicándome a gestiones varias… y ahora tras el juicio yendo de testigo protegido, puedo dedicarme sin bajar la guardia a convivir en esta ciudad milenaria, Córdoba.. ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas! / De honor, de majestad, de gallardía! / ¡Oh gran río, gran rey de Andalucía, / De arenas nobles, ya que no doradas! (…). En este paseo es parada obligatoria al lado de la puerta del puente, sentarme y recitar el poema de un tirón en mi español – americano, jejeje. Nunca bajo la guardia, siempre llevo mi protección personal.

Hace una semana paseando por el puente “romano”, un señor y yo nos pusimos a hablar de la vegetación desbordante en los molinos antiguos de nuestro río Guadalquivir, y de las posibles consecuencias si hubiera un colapso por lluvias intensas en varios días. De este tema acabamos recitando poemas y contando historias sobre el barrio del campo de la Verdad, Fray Albino y el recinto amurallado de la ciudad, el cual está sufriendo en los últimos años un considerable abandono por nuestras autoridades en ciertos lugares de la ciudad, excepto en el entorno del centro de visitantes, estando ese lugar impecable visiblemente. Juan Antonio se llama este señor, con el que he quedado en visitar nuestra casa patio, y otros menesteres culinarios.

En las tardes subo al centro de Córdoba, literalmente, es un ascenso desde la Ribera, aunque muchas personas no lo perciben, suelo ir por la larga calle Rey Heredia, acercándome a la sala expositiva de Vimcorsa y al Museo de Espaliú para tomarme un café bombón en la calle málaga, en pleno templo de la cultura, mi Café Málaga, valga la reiteración. Recuerdo fue el jueves, a través de la red social Facebook, una amiga me etiqueta en una publicación sobre la exposición Julia Hidalgo, Retrospectiva, con horario de lunes a viernes entre las cinco y ocho de la tarde. Mire el reloj, tenía aún una hora para ir más allá de las Tendillas. Al llegar al Palacio de la Merced, os puedo decir que fue la primera vez en ver tan magno edificio arquitectónico, antiguo convento de los mercedarios en Córdoba. Llegué a las siete de la tarde, tengo una hora exacta para contemplar este patio barroco, le pregunté al vigilante de la entrada, y me aconsejo subir, más tarde visitar el patio. Eso hice, menos mal que le hice caso, al ascender por la escalera de mármol casi tropiezo al observar el “pedazo” de cuadro del pintor Tomás Muñoz Lucena. Tanta curiosidad despertó en mí, ya le dije a mi hermano Eustaquio me buscará documentación de su vida y obras, pues si puedo quiero obra suya en la colección… bueno seguimos… al girar a la izquierda paseo por una galería en esta primera planta entorno al patio barroco, contemplando magníficas obras pictóricas, haciéndome recordar un viaje a Italia cuando era un mozuelo. Di un paseo rápido por la sala, pero me detuve en las primeras ocho obras, pues decidí volver con más tiempo para disfrutar con intensidad de la historia de los 37 momentos de Amor y Dolor representados por esta pintora cordobesa, Julia Hidalgo. Hubo una obra titulada “La Semilla” que me motivó recordar a mis hijas cuando hicimos un viaje a Nebraska, emocionándome hacia dentro.

Cargado de emociones y miles de ideas en mi mente, recibí una llamada de Gertrudis para saber si me esperaban para cenar a las nueve y media, a lo que confirme: si. Mientras regresaba por las calles céntricas de Córdoba, en la calle Osario ví la galería de arte AscenArt con la exposición “Mujeres” hasta el 26 de marzo, y me detuve a contemplar el escaparate de la Floristería Santa Marta. Ya otra tarde vengo a visitar la galería y comprar unos centros de flores para nuestra casa. Rodee todo la casa de los Cruz Conde, llegando a la Casa del Bailio junto a la casa hermandad de la cofradía, donde fui escuchando las canciones del coro como casi todas la tardes cuando paseo a ciertas horas por estos lares. Descendí por la cuesta, hacia Alfaros, la calle la feria, llegando a casa para cenar.

Hoy Domingo, 20 de marzo, he recuperado las fuerzas pues he tenido una madrugada complicada con mi equipo adentrándose ya en territorio ruso – ucraniano, por lo que estaré en casa pasando apuntes de la investigación familiar, acompañando a mis seres queridos, Eustaquio y Gertrudis. Ahora estamos los tres solos en la casa, los demás están viajando por Europa por temas de trabajo. Lo dicho feliz día y a disfrutar …………

Gracias por vuestro tiempo, se despide, por ahora, Narciso.

Cuando Juan Antonio, maestro jubilado y escritor, leyó este capítulo del Diario, nos ha enviado a la redacción un poema dedicado a la Cuesta del Bailio.

Puerta romana que fuiste,
y mora muy reputada,
te abres a la axarquía,
y subes a la medina,
sultana muy admirada.

Claustro de pureza,
aprisionado de cal,
que subes en escalera,
donde los cantos se aprietan,
dibujando bellas curvas,
de hermosas volutas negras.

Derroche de buganvillas
por los muros se derrama
y luce cual maravilla
impolutos murallones
de colorido y aroma
en vistosos rosetones.

El plateresco Bailío,
palacio de balcón asomado,
vigilado de espadaña,
y Dolores, al costado.

Recogimiento y silencio,
oración de via crucis,
estación de penitencia,
cruces de fe y de amor,
lucen sobre la cuesta.

Abierto veo tu brazo,
derecho para más seña;
buscando al Crucificado,
que de faroles se alumbra,
en rectángulo empedrado.

Negra como un pecado,
entre la blanca pureza,
adosada a la pared: la fuente,
y su pileta de piedra.

Leonada pileta que canta
susurros de primavera
con breve surtidor de agua
que día y noche se escancia,
refrescador de las almas.

La noche de oscuridad plena,
con sobrios faroles se alumbra
las luces son de compaña
para que a nadie confundas.

Canta el grillo en el huerto
del convento capuchino
confundiéndose su canto
con los cantos gregorianos
de los frailes enclaustrados
en el rezo vespertino.

Un arrinconado ciprés
se eleva: erguido oratorio,
para llevar a los cielos
el más alto sentimiento
del devoto meritorio.

Yo me quedo prendido
a esta cuesta cordobesa
de luz, sobriedad y recato.
donde rezo complacido
mi oración y mi canto.

A Dios, por siempre le pido:
me deje en este lugar sagrado,
donde crecen mis raices
de esbelto ciprés clavado.

 

Agradecidimiento a Juan Antonio Conde

Julia Hidalgo, Retrospectiva, Puerta Estambul, óleo sobre tabla