MARÍA MAGDALENA.

María Magdalena, personaje histórico en la vida de Jesús de Nazareth, en estos días he soñado con ella, varias veces me levanté sobresaltado, y buscando los pasajes en la Biblia para leer un rato… me ha llevado a estar ya toda la madrugada despierto, analizando varias obras desde el siglo XV hasta la actualidad. En una de las revistas de FMR, encontré un artículo sobre ella, escrito por Angela Carter, titulado «La sombra del silencio». Angela, fue amiga de Marta, excelente narradora y crítica británica, fallecida en el mes de febrero del año 1992. Tiene traducidas al castellano, entre otras, las siguientes obras: La mujer sadiana, Edhasa, 1981; La pasión de la nueva Eva, Edhasa, 1982; Héroes y villanos, Minotauro, 1989; Niñas malas, mujeres perversas, Edhasa, 1989; La venus negra, Edhasa, 1991. Su última novela, Wise Children, fue publicada por Chatto Windus en junio de 1991.
Leí esta mañana, mientras tomaba el café con torrijas de azúcar y anís del Horno de San Rafael del Brillante (Más información), este interesante artículo de Angela Carter, que os transcribo literalmente (FMR, número 16, Abril, 1992).
 
» Cuando todo hubo pasado, María, la madre de Jesús, la otra María, madre de San Juan y María de Magdala, la meretriz arrepentida, bajaron a la costa; iba con ellas una criada llamada Fátima. Subieron a una barca, le quitaron el timón y dejaron que el mar las llevase donde quisiera. El mar las depositó cerca de Marsella. No se piense que el sur de Francia fuera un destino más cómodo que los desiertos de Siria o Egipto, o las tierras baldías de Capadocia, donde otros santos de la edad primera, igualmente empujados por la necesidad imperiosa de soledad, encontraron áridos e inhóspitos agujeros donde contemplar lo inefable. El litoral mediterráneo estaba sembrado de ciudades modernas, limpias, blancas, cuadriculadas, salvo allí donde las tres Marías desembarcaron con su sirvienta.
Desembarcaron en medio de una marisma palúdica. Y allí, las dos austeras madres y Fátima – no olvidemos a Fátima – erigieron una capilla, en el lugar que ahora se llama Saintes-Maries-de-la-Mer. Allí se quedaron. Pero la otra María, la Magdalena, no podía detenerse. Impelida por el demonio de la soledad, echó a andar sola por la Camarga; una tras otra cruzó las lomas calcáreas. Los pedernales lastimaban sus pies, el sol la quemaba. Comía la fruta que caía por propio impulso de los árboles, como un perfecto maniqueo. Comía bayas caídas. Caminaba en silencio la mujer palestina de negras cejas, flaca como el hambre, greñuda como un perro. Caminó hasta el bosque de la Sainte-Baume. Caminó hasta lo más recóndito del bosque. Allí encontró una cueva. Allí se paró. Allí oró. Y durante treinta y tres años no habló a otro ser humano, no vio a otro ser humano; eso dicen.
María Magdalena, la Venus vestida de sayal. El cuadro de Georges de La Tour no presenta a una mujer vestida de sayal, pero si con una camisa lo bastante tosca y sencilla para ser una prenda de penitencia, o al menos el tipo de prenda que revela que el que se la ha puesto no estaba pensando en su adorno personal. Y aunque la camisa está abierta sobre el pecho, no parece descubrir carne propiamente tal, sino una carne que se parece a la cera de la vela encendida, en el modo en que la cera de la vela se irradia de su propia llama y luce. Así que se podría decir que, de la cintura para arriba, esta María Magdalena parece hallarse en el camino real hacia la penitencia; pero de la cintura para abajo está la cuestión de su larga falda roja. ¿Resto de antiguas galas? ¿Sería la única falda que tenía, cuando se embarcó? ¿Andaría todo el camino hasta la Sainte-Baume con esa falda roja? No se la ve manchada, gastada ni desgarrada por el viaje. Sigue teniendo un aire lujoso, levemente escandaloso incluso: un vestido grana para una ramera.
La Virgen María viste de azul. Su preferencia ha santificado ese color. Pensamos en un azul «celestial». Pero María Magdalena viste de rojo, el color de la pasión. Son, las dos, paradojas gemelas. La una no es lo que es la otra. La una es virgen y madre; la otra ni es virgen ni ha parido. (Nótese que el idioma inglés no tiene palabra concreta para la mujer adulta y sexualmente madura que no sea madre, a menos que sea mujer haga de la sexualidad su profesión).
Como María Magdalena es mujer y no ha parido, sale al desierto. Las otras, las madres, se quedan y hacen un templo al que acude la gente. Pero, ¿por qué se ha llevado el collar de perlas? Vedlo, está ahí delante del espejo. Y su larga melena está perfectamente cepillada. ¿Será que aún no está del todo arrepentida?.
En el cuadro de George de La Tour, la Magdalena tiene el pelo bien cepillado. A veces lo lleva más enredado que un rastafariano. A veces le cae inextricablemente mezclado con su hábito de pieles. María Magdalena es más fácil de captar cuando se nos presenta hirsuta, cuando aparece, en el desierto, vistiendo la aspereza de sus propios deseos, como si los deseos de su pecado se hubieran transmutado en el cilicio que atormenta su carne de ahora arrepentida.  A veces lo único que la cubre es su pelo, que no ha visto nunca un peine, que le cae largo, apelmazado, enmarañado, hasta las rodillas. Se lo ciñe a la cintura con la soga con que cada noche se flagela, haciendo de él una áspera camisa. En esas ocasiones, la transformación de la María Magdalena joven, bella, voluptuosa, la feliz no-virgen, la muchacha casquivana, la mujer sorprendida en adulterio, en esas ocasiones su transformación es total. Se ha convertido en algo salvaje y extraño, en una versión femenina de  Juan el Bautista, una eremita greñuda, prácticamente desvestida, más allá de géneros, obliterado el sexo, indiferente a la desnudez. Entonces es hermana de estilistas como Simeón, y de otros rupícolas solitarios que vivían en comunión con las bestias, como San Jerónimo. Come hierbas, bebe agua de los charcos, llega a parecer una encarnación del «salvaje de los bosques» aún más antigua que Juan el Bautista. Entonces  se asemeja al velludo Enkidu de la epopeya babilónica de Gilgamesh.
La mujer que en otro tiempo, cuando vestía su fastuoso atavío rojo, fue el vicio personificado, se ha retirado a una situación existencial en la que el vicio sencillamente no es posible. En su nueva y esplendorosa animalidad ya no puede elegir. Ya no tiene más opción que la virtud. Pero hay otra manera de verlo. Pensemos en la Magdalena de Donatello, la de Florencia: reseca por los soles del yermo, maltratada por el viento y la lluvia, anoréxica, desdentada, un cuerpo enteramente aniquilado por el alma. Casi se huele la clase de santidad que emana: fétida, descarnada, horrible.  Por el ardor con que ha abrazado el ascetismo riguroso de la penitencia, cabe deducir cómo aborrecía su vida anterior de supuesto «placer». La mortificación de la carne se le da naturalmente. Cuando nos enteramos que Donatello pretendía que la escultura no fuera negra sino dorada, eso no alivia su carácter. De todos modos, se entiende a aquel anónimo viajero de la Ilustración que hacía el Grand Tour hace doscientos años, y que decía que viendo la Magdalena de Donatello «le daba asco la penitencia».
María Magdalena puede ilustrar el punto en que la penitencia pasa a ser sadomasoquismo. Pero también puede ser kitsch. Si no ahí está la historia apócrifa de María Egipciaca. Que era una bella prostituta hasta que se arrepintió y pasó los cuarenta y siete años que le restaban de vida como penitente en el desierto, sin más vestido que su larga cabellera y alimentada a perpetuidad por las tres hogazas de pan que había llevado consigo. He ahí una imagen voluptuosa de erotismo y sorpresa. María Egipciaca permanece siempre limpia y lozana. Milagrosamente libre de arrugas. Tan intacta como el pan que come, y que no se consume. La imaginamos sentada en una peña del desierto, peinándose, como una lorelei cuyas aguas se hubieran convertido en arenas. Ha transformado la penitencia en kitsch. La María Magdalena de Georges de La Tour no ha llegado todavía, evidentemente, a un éxtasis de arrepentimiento. Y aun podría ser que el pintor la hubiera retratado justo cuando se va arrepentir, de hecho antes de la travesía: aunque yo prefiriría pensar que ese espacio pelado y triste, sin más mobiliario que el espejo, es el de la cueva del bosque. Pero esta mujer todavía se cuida. Su larga cabellera negra, lisa como la de una japonesa en un rollo pintado, sin duda se la acaba de cepillar, recordándonos que es la santa patrona de los peluqueros. Su cabellera es producto de cultura, no azar de naturaleza. Su cabellera demuestra que acaba de utilizar el espejo como instrumento de la vanidad mundana. Su cabellera demuestra que, aunque medite sobre la llama de la vela, este mundo aún tira de ella. A no ser que la estemos viendo en el instante mismo en que su alma vuela a fundirse con la llama de la vela.
En los evangelios conocemos a María Magdalena haciendo algo insólito con sus cabellos. Después de frotar los pies de Jesús con su tarro de ungüento precioso, se los ha secado con su pelo, imagen tan asombrosa y tan eróticamente precisa que sorprende que se haya representado tan poco en el arte, sobre todo en el siglo XVII, que tantas veces unió los excesos religiosos y el erotismo. Magdalena utilizando su pelo, aquella hermosa red con que atrapaba a los hombres, como bayeta, como trapo, como toalla. Y un ligero toque de perversidad: el tipo de gesto escandaloso, en definitiva, que sería de esperar en una prostituta arrepentida. Se ha cepillado el pelo, quizá por última vez, y se ha quitado el collar de perlas, por última vez también. Ahora contempla la llama de la vela, que se duplica en el espejo. En otra época ese espejo fue el instrumento de su oficio; era en el espejo donde componía todos los elementos de la femineidad que reunía para la venta. Pero ahora, en lugar de reflejar su rostro, refleja la pura llama.
Cuando yo estuve de parto, pensaba en la llma de una vela. Estuve de parto diecinueve horas. Al principio, los dolores venían despacio y eran relativamente ligeros; se soportaban bien. Pero cuando se hicieron más seguidos, y cada vez más fuertes, entonces empecé a concentrar mi mente en la llama de una vela imaginaria. Mira la llama de la vela como si fuera la única cosa del mundo. Qué blanca y qué constante es. En el núcleo de la llama blanca hay un cono de aire azul, transparente; ahí es donde hay que mirar, en eso hay que concentrarse. Cuando los dolores se agolparon y arrecieron, fijé toda mi atención en la ausencia azul del corazón de la llama, como si fuera el secreto de la llama y, si yo me concentrara lo bastante, fuera a ser también mi secreto. En seguida no hubo tiempo de pensar en nada más. Me perdí totalmente en el espacio azul. Incluso cuando allá abajo dieron tijeretazos a mi cuerpo, para que al fin el niño pudiera salir de la mejor manera, toda mi atención siguió concentrada en el núcleo de la llama.
Una vez que la llama hubo cumplido su función, se apagó; envolvieron a mi niño en un chal y me lo dieron. María Magdalena medita sobre la llama de la vela. Entra en el núcleo azul, la ausencia azul. Se transforma en otra cosa que no es ella. El silencio del cuadro, porque es el más silencioso de los cuadros, no emana de la oscuridad que hay detrás de la vela en el espejo, sino de esas dos velas, la de verdad y la del espejo. Entre ellas, las dos velas diseminan luz y silencio. Han asumido a la mujer en un trance de iluminación. No puede hablar, no quiere hablar. En el desierto gruñirá, quizá, pero renunciará al habla, después de esto, después de meditar sobre la llama de la vela y el espejo. Renunciará al habla lo mismo que ha renunciado al collar de perlas, lo mismo que va a renunciar a la falda roja. La nueva persona, la santa, está naciendo de este comercio con la llama de la vela».
 
Escrito por Angela Olive Carter, nombre de nacimiento: Angela Olive Stalker (Eastbourne, Sussex, 7 de mayo de 1940 – Londres, 16 de febrero de 1992) fue una periodista y novelista británica. (Continuará….)
 
Fotografía: Crucificado con María Magdalena, Colección Particular. Siglo XVII-XVIII. España.
 
Buenas, carpe diem, tempus fugit…
 
Eustaquio, 04 abril 2021, a las 10 de la noche.
La Magdalena Wrightsman 1635 Museo Metropolitano de Nueva York por Georges de La Tour
Crucificado con María Magdalena, Colección Particular. Siglo XVII-XVIII. España.
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